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Una nueva Hoguera de las Vanidades

Una nueva Hoguera de las Vanidades

@S. McCoy - 07/02/2009

Ha sido, sin duda, una de las historias de la semana. El auge y la caída de Boaz Weinstein, contada por el Wall Street Journal ayer. El trader estrella de Deutsche Bank, 35 años, maestro precoz de ajedrez, amante del póquer y del blackjack, abandona la entidad con el dudoso mérito de conseguir, “con algo de sentido común y unas pocas matemáticas”, una pérdida de 1.800 millones de dólares en apenas cuatro meses como consecuencia de unas apuestas erróneas en el mercado de crédito que los responsables del banco teutón le obligaron a cerrar de forma precipitada a fin de contener la hemorragia de minusvalías. Tras lograr con su actividad unos beneficios acumulados para la firma financiera de 1.500 millones entre 2006 y 2007, él y su equipo eran la envidia de la compañía. No en vano gestionaban 10.000 millones de dólares de recursos de la sociedad que el apalancamiento había convertido en cerca de 30.000. Tres veces su capitalización actual, seis billones de las antiguas pesetas. Una minucia que le permitía embolsarse una remuneración anual cercana a los 40 millones de dólares. Si nos atenemos a los que afirma el WSJ, raro raro, Weinstein habría abandonado la firma voluntariamente. Eso no es lo importante. Ha muerto con él un modo de hacer banca que no va a volver en mucho tiempo. De nuevo, las vanidades vuelven a ser presa del fuego. Justificadamente.

El origen del negocio bancario se encuentra en la intermediación. Algo que constituye la esencia de su actividad y que se ha mantenido invariable, con mayores o menores matices, con el paso del tiempo. Canalizar el ahorro a la inversión, a través de la custodia de la riqueza de los agentes económicos que la tienen y la financiación a aquellos otros que la necesitan. El mayor abanico de actuaciones asumido por las entidades financieras en los últimos años, encuentra precisamente su razón de ser en esa tarea primigenia: financiar a largo y financiarse a corto. De la relación de confianza con depositarios y deudores surge un espectro de oportunidades que justifican la evolución desde la pura banca comercial a la mayorista primero y de inversión después. Las figuras esenciales de ese modo de operar son, en términos de cuenta de resultados, el margen de intermediación, en sus distintos desarrollos, que no deja de ser el fee que gana la entidad por la diferencia entre lo que cobra y lo que paga, y las comisiones propiamente dichas, que se derivan de esa otra labor auxiliar. Desde ese punto de vista la relación entre activos y pasivos de los bancos deberían ser más o menos unitaria, ajustada anualmente por el impacto que sobre los recursos propios tengan los beneficios anuales y el crecimiento de los recursos de los clientes.

Sin embargo, la banca no fue ajena al enorme potencial de la materia prima con la que trabaja: el dinero. Una toma de conciencia que se tradujo en una serie de actuaciones que fueron el principio de un fin que estamos contemplando espantados ahora. Las posibilidades que ofrecía la originación frente a la intermediación o la operativa por cuenta propia frente a la ajena condujeron a que ambas áreas de actividad vivieran crecimientos exponenciales. El efecto fue inmediato: las rentabilidades se dispararon mientras que los niveles de riesgo se mantenían teóricamente controlados. Lo siguiente fue crear las artimañas contables necesarias para falsear el balance mediante el oportuno nacimiento de vehículos especiales a tal fin. La bola iba engordando. Poco importaba que la base sobre la que se sustentaba todo el chiringo se basara en una abundancia de liquidez que se había asumido perpetua, en una profundidad de todos los mercados, hasta los más ilíquidos, que nadie cuestionaba y en una disponibilidad de crédito que parecía no tener fin. Elementos todos ellos que se han probado falsos, no cómo dicen algunos por la materialización de eventos estadísticamente imposibles, sino como consecuencia de sus propios excesos. La creencia de que no había negocio mejor para el banco que poner sus recursos a disposición de un talento pagado a precio de oro. Talento como el de Weinstein.

Con Weinstein muere definitivamente una era. Lo reconoce en el artículo que les adjunto el propio Ackermann, presidente de Deustche Bank. Ha llegado la hora de volver a los comienzos de la industria, a la dura tarea de oscuro comisionista. Una marcha atrás que va a venir forzada no sólo por el curso de los acontecimientos o por la nueva sombra de regulación y supervisión que amenaza a los actores de este particular drama buscado que hoy les relato, sino también por la masiva presencia pública en sus equipos ejecutivos, autoridades que sólo entienden el negocio en su concepción original. El propio gesto de limitar la retribución a los directivos de las entidades intervenidas pone de manifiesto la intención de funcionarizar su actividad, al retirar todo incentivo adicional y provocar la fuga de los activos humanos más capaces. Como decía el otro día un antiguo presidente de una sucursal de banca de inversión, “ya no hay coste de oportunidad de no trabajar en este sector”. Visto lo visto, lo mismo hay que decir: bienvenido sea. No esperen nada del sector en los próximos años. Esta vez el fuego, tardará muchos años en extinguirse.