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Otra consecuencia positiva de esta crisis

Otra consecuencia positiva de esta crisis

@S. McCoy - 05/02/2009

Si uno se empeña en mirar el lado alegre de la vida, como hacían los irreverentes Monty Python en La Vida de Brian, ¿o habría que decir Bgraian?, siempre encuentra aristas positivas a las que aferrarse en momentos de dificultades como las que estamos viviendo. Y creo que una de las buenas noticias que va a traer consigo la coyuntura actual es un cambio sustancial en la mentalidad de los gestores de las compañías cotizadas. Van a dejar de gestionar sus empresas para la acción y lo van a empezar a hacer para el accionista, cosas que no significan exactamente lo mismo, como a continuación explicaré. Un cambio del que todos saldremos, sin duda alguna, beneficiados. A ver si es verdad.

Hagamos una previa. Una de las máximas fundamentales en el funcionamiento de los mercados financieros es la consideración de los mismos tanto más eficientes cuanto mayor es la transparencia de la que disfrutan, entre otras características. La transparencia, a su vez, se mide tanto en términos de claridad de las normas de funcionamiento del propio mercado, sobre todo por lo que respecta a la fijación de los precios de intercambio, como en razón de la rapidez y alcance con la que se difunde la información relativa a los activos que se negocian en el mismo, siendo ésta, quizás, la acepción más extendida. Pues bien, es en aras de una mayor eficiencia que los supervisores obligan a las firmas negociadas a informar trimestralmente de su evolución operativa y financiera, debiendo comunicar públicamente cualquier desviación a la baja que se pudiera producir respecto a lo previamente anunciado, así como cualesquiera otros acontecimientos que afecten a su cotización. Pedazo de dosis de cultura general, oiga.

Sin embargo, se ha producido en los últimos años un proceso de deterioro de esta intención primigenia que ha terminado por producir exactamente lo contrario a lo que se pretendía. Una pérdida de su sentido original que, seguro, tiene muchos y muy distintos padres: la globalización de los mercados financieros y el mayor flujo de fondos; la popularización de la inversión en acciones y el aumento en la cobertura de valores individuales; la aparición de nuevos actores muy de corto plazo como los hedge funds; la avidez compradora del private equity… Todos ellos elementos de presión que convergen sobre un equipo gestor obligado a no despistarse en el corto plazo. Con un agravante adicional: a su vez, muchos de los directivos tienen gran parte de su remuneración variable ligada, ya sea a través de participaciones directas en el capital, opciones sobre acciones o bonos en especie, no a resultados o ratios ciertos derivados de su actividad cotidiana, sino al modo en el que la cotización refleja dichos datos. Es indudable que a la mayor exigencia de los actores del mercado se une el propio interés de los ejecutivos por mantener viva la llama que calienta su hogar.

La tentación, como se pueden imaginar, era demasiado fuerte como para no caer en ella. Y cayeron. Los gestores comenzaron a administrar los negocios pensando más en lo inmediato que en el medio y largo plazo. Aunque no podían controlar todas las variables, al menos podían influir en la que directamente les afectaba. Se dejó de trabajar para el accionista y la diligencia debida se sustituyó por el cuidado de la acción. Importaba más el continente que el contenido. Así, con el paso del tiempo se produjo una completa desnaturalización del concepto de creación de valor que, al menos como servidor lo entiende, es aquél que viene para quedarse. No se trata de una visita, de paso por la firma, que ahora está y mañana no. No sé si están de acuerdo. Con la aquiescencia del mercado, la gestión pasó de operativa a financiera y el lugar de actuación de muchos dirigentes empresariales fue el balance por encima de la cuenta de resultados. Ya ven en qué has quedado esas prisas.

Obviamente la generalización implícita en este artículo no es ni mucho menos correcta aunque cabría decir, como en el caso de la Magdalena, que quien esté libre de pecado… pues eso. Se pueden cargar las tintas contra los banqueros de inversión pero el cortoplacismo ha sido un cáncer mucho más extendido de lo que pudiera parecer. Sin embargo, y volviendo al arranque de esta pieza, lo realmente relevante es que esta crisis va a ayudar a poner las cosas en su sitio. No sólo se va a producir una racionalización de la industria de las inversiones en la que volverá a primar lo esencial del negocio frente al folclore que lo ha acompañado estos años, consecuencia de la desaparición del crédito irracional y los distintos vehículos en los que el mismo se estructuraba, sino que igualmente veremos una vinculación distinta de la compensación de los equipos directivos a la actuación de las sociedades que dirigen. No podremos escapar del escrutinio trimestral de las bolsas. Pero al menos volveremos a sentar las reglas del juego que justifican esa necesaria transparencia y/o eficiencia. O no. El sábado más y seguro que mejor.

Ya es jueves.

Alimento para el Alma. Una doble recomendación con la que termino enero, mes en el que el contador se ha quedado en 7. Les recuerdo que el reto es 50 lecturas en 2009. Me encantaron, como saben, Seda de Alessandro Baricco y El Señor Pip de Lloyd Jones. Un escalón por debajo se encuentra El Informe de Brodeck, de un autor muy interesante: Philippe Claudel. Una novela que empieza demasiado florida pero termina enganchando. A Brodeck, el personake principal, le encargan una historia que le sirve para descubrir su Historia, donde los verdaderos campos de concentración no son los que parecen y donde la verdad conduce finalmente a la libertad. Entretenidas la comentada La Dulce Envenenadora de Arto Paasilinna y Mariposas para los Muertos de Diane Wei Liang, segunda novela políciaca de la autora con la detective Mei Wang de protagonista. Demasiado predecible, a mi gusto, para el género que desarrolla pero se deja leer con fluidez y, sobre todo, describe una China real que es como para salir corriendo. Un poco femenina de más la prescindible, en mi modesta opinión, El Regreso de un Soldado de Rebecca West, muy orientada a la psicología de las tres protagonistas. No les digo la última porque haría un juicio demoledor y es recomendación de un amigo. Ustedes me perdonen.

Alimento para el Cuerpo. Debía una invitación a mi amigo Alfonso en La Romana, calle La Laguna (Carabanchel-Madrid) y acude de la mano del Padre Laboa lo que garantiza una velada más que agradable. Jesús y Pili vuelven a bordarlo. Queso curado sobre pellejo de vino, Cecina de Leon y Croquetas de boletus y calamar deshidratado de entrantes sobre salmorejo de garbanzos; luego un Tartar de Atún con huevas de pez volador al que cabría reprocharle que llega un pelín frío de más a la mesa; Habas con Huevo y Trufa Blanca, la última de la temporada, sencillamente deliciosas, con la verdura durita como debe ser; Ravioli casero relleno de morro sobre caldo de gallina y garbanzos espectacular y, por último, Callos con Trufa Negra que cumplen con los cánones clásicos. Todo en pequeñas dosis y rematado con un Helado de Crema Tostada sobre gelatina de gengibre de llorar. Sigue siendo un must. Correcto sin más, Naveira do Mar, Santa Juliana en Tetuán, donde tomo una empanada y un pulpo de los más ricos de Madrid pero que me ofrece un rodaballo correcto sin más. Ir a una marisquería y no pedir marisco es lo que tiene. Por último, acudo en días consecutivos a Astrid y Gastónen La Castellana, el peruano de moda. No le cojo el truco, la verdad. Recorrí su larguísimo menú degustación y, salvo el ají de gallina y el anticucho de pulpo, realmente buenos no recuerdo nada más que me llamara especialmente la atención. Definitivamente, estoy perdiendo facultades. Seguro.