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No voy a hablar de mi libro



Estuve el sábado pasado firmando ejemplares de mi nuevo libro en la Feria del Libro de Madrid. Sucedieron en esa mañana dos cosas que me obligan a no hablar de mi libro.
Cuando eran las doce del mediodía y llevaba ya hora y media sentado esperando que se acercara esa cosa tan bonita que se llama “lector”, vino un tipo que me dijo: “Carlos, ¿puedes prestarme atención durante unos segundos?” . Yo no lo conocía. No me sonaba de nada su cara. Tenía una bolsa en la mano, y me daba la impresión de que deseaba hablarme de eso. “Me gustaría mostrarte algo”, añadió levantando un poco la bolsa.
Pensé que era una bomba porque uno ha visto muchas películas.”Bueno, si es una bomba, es inevitable a estas alturas”. Pero ese joven no tenía pinta de ir detonandobombas por ahí, menos aún en las ferias de libros.
“Adelante, enséñamelo“, dije.
El tipo sacó unos cartones de color rojo y me dijo que eran bookbrellas. Era un invento suyo. Unos cartones que se doblan y se colocan en los libros formando un parasol para leerlos en la playa o bajo un sol cegador. Por eso se llaman bookbrellas, mezcla de dos palabras inglesas, book (libro) y umbrella (paraguas). También servían demarcadores.
El tipo se llama Francisco Chaparro. Tiene una web llamada bookbrella.com, y supongo que es inventor. No sé si es útil o no, pero me llamó la atención el hecho de que un chaval joven estuviera dando vueltas por la feria presentando su invento. Los regalaba. Es lo mismo que hacen en los supermercados las empresas de alimentación, cuando te regalan trocitos de queso para que lo pruebes, o yogures o refrescos.
Me encantó  Francisco Chaparro. Supongo que me tuteó porque mi nombre estaba colgado con la foto encima del tenderete de la editorial que me publicaba el libro.
Pero no estoy aquí para hablar de mi libro.
El otro acontecimiento fue la visita de una chica. No me pude fijar en ella porque yo estaba firmando un ejemplar y como no soy muy conocido, mis dedicatorias son muy largas. Los autores conocidos que publican best sellers no hacen dedicatorias largas.  No tienen tiempo.
Esa chica preguntó si podía dejar su currículum. En la editorial le dijeron que sí, por supuesto. Se fue y levanté la vista. Luego me fijé en el CV porque era el más raro que he visto en mi vida. La chica hablaba de lo que no sabía hacer: “No sé hacer el pino puente, no sé hacer esto, no sé hacer lo otro”. No sabía hacer muchas cosas. ¿Y entonces para qué entregaba su CV? Porque sólo sabía hacer una cosa: corregir textos. Era  correctora de textos, un puesto de trabajo que demandan las editoriales pues siempre necesitan alguien que corrija los errores gramaticales o tipográficos de los escritores. Era una forma original de presentar un CV.
Esas dos actitudes de dos chicos jóvenes me gustaron porque salieron a buscar la montaña. No esperaron a que la montaña se acercaran a ellos. Tenían iniciativa. Eran emprendedores.
Eso es lo que necesitamos hoy más que nunca.
Por eso, no vale la pena hablar en este momento de mi libro “Las Once Verdades de la Comunicación” (Editorial Lid). Es mejor hablar de estos dos jóvenes.