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El infierno de la inflación






A lo largo de la historia, los gobiernos han luchado contra el uso de moneda fuerte. En 1912, Ludwig von Mises identificaba la razón de esto:
El principio de la moneda fuerte tiene dos aspectos. Es afirmativo en aprobar la elección del mercado de un medio de intercambio comúnmente usado. Es negativo en obstaculizar la propensión del gobierno a entrometerse en el sistema monetario.[1]
Los gobiernos solo pueden estrujar una limitada cantidad de dinero a sus ciudadanos a través de los impuestos sin incitar a la desobediencia civil, así que se hacen amigos de los bancos, que tienen una forma de hacer que el dinero aparezca de la nada. El dinero que crean no es fuerte, pero esto no preocupa a casi nadie. Para los políticos es suficientemente fuerte: les proporciona billetes a la riqueza del mercado, que es todo lo que quieren. El dinero fuerte no cooperaría de esta manera. No deriva de decisiones políticas del banco central.
Se cita a menudo el patrón oro clásico como ejemplo de un sistema de moneda fuerte. Puede que haya sido el mejor sistema nunca diseñado, pero existía con aprobación del gobierno (era, en otras palabras, un patrón oro fiduciario). Como ha escrito Guido Hulsmann, el patrón oro internacional fue un acuerdo de cártel entre gobiernos. Los cárteles protegen los intereses de sus miembros a costa de los que no lo son, incluyendo al público en general.
A principios de la década de 1880, los países de Occidente y sus colonias en todo el mundo adoptaron el modelo británico [bajo el que se hizo del oro un monopolio de curso legal]. Esto creaba la gran ilusión de una unidad económica profunda en el mundo occidental, cuando en realidad el movimiento únicamente homogeneizaba los sistemas monetarios nacionales. La homogeneidad duró hasta 1914, cuando los bancos centrales suspendieron pagos y se prepararon para financiar la Primera Guerra Mundial mediante la imprenta.[2]
Gobiernos y banqueros odian el oro porque su oferta no puede inflarse a voluntad. Trabajan duro para establecer y mantener un sistema monetario bajo su control que pueda responder rápidamente a sus demandas de inflación, o de lo que hoy se llama “acomodación”. La Primera Guerra Mundial ofrece un oportuno y trágico ejemplo.

Haciendo verdes dejando rojo al país

Los que se beneficiaron de la guerra tenían poco en común con los hombres que lucharon en ella. La lucha se dejó principalmente a los jóvenes reclutas, de los que muchos millones fueron muertos o heridos. Los que se beneficiaron sabían moverse por Washington.
Si la soberanía monetaria hubiera residido en el mercado en lugar de en el gobierno, no hubiera habido guerra. O si hubiera empezado, habría acabado mucho antes. La moneda fuerte tenía que morir antes de que los hombres pudieran morir en tan enormes cantidades.
Cuando empezó la guerra en agosto de 1914, los beligerantes europeos inmediatamente dejaron de redimir sus divisas en oro y empezaron a emitir deuda. Al necesitar un mercado lucrativo para sus bonos, Inglaterra y Francia eligieron la casa Morgan en EEUU para actuar como su agente de ventas. El dinero adquirido por las ventas de bonos volvía luego a Mr. J.P. Morgan cuando el gobierno compraba material de guerra, recompensándole con comisiones tanto en las ventas como en las adquisiciones. Además, muchas de las empresas con las que hacía negocios Morgan eran parte de sus propios enormes dominios.
El pacifista J.P. Morgan, que dijo: “Nadie podría odiar la guerra más que yo”, obtenía enormes beneficios manteniendo a la maquinaria bélica aliada produciendo muerte y destrucción en ultramar. Las compras totales durante la guerra llegaron a los 3.000 millones de dólares, produciendo a la casa Morgan 30 millones solo en comisiones. Como escribe G. Edward Griffin, refiriéndose a la obra de Ron Chernow sobre la casa Morgan:
Las oficinas de Morgan en el 23 de Wall Street se veían acosadas por intermediarios y fabricantes que buscaban un contrato. El banco tuvo que apostar guardias en todas las puertas y también en las casas de los socios. Cada mes, Morgan controlaba compras que sumaban el equivalente al producto nacional bruto de todo el mundo solo una generación antes.[3]
Ralph Raico escribe:
Estados Unidos se convirtió en el arsenal de la Entente. Unido ahora por lazos financieros y sentimentales a Inglaterra, muchas de las grandes empresas estadounidenses trabajaban de una manera u otra para la causa aliada. (…) El Wall Street Journal y otros órganos de la élite empresarial eran ostensiblemente pro-británicos en cada oportunidad, hasta que se nos metió finalmente en la refriega europea.[4]
Para la clase política, la guerra proporcionaba un enorme impulso para el crecimiento del estado y de su prestigio. El historiador Joseph Stromberg escribe:
A medida que las bajas crecían por millares (pronto serían millones), las potencias beligerantes eligen seguir peleando en lugar de volverse a pensar la guerra. Ambos bandos transmitían propaganda a su propio pueblo y a los neutrales. Los aliados eran mucho mejores. Los gobernantes en todas partes formulaban ambiciosos “objetivos bélicos”.
La guerra mostró un masivo aumento del estado a costa de la sociedad civil, la libertad individual y los mercados libres. Cada estado “planificaba” su economía. Para justificar los sacrificios, los gobiernos prometían nuevos programas sociales. (¿Ahora muerte, después igualdad?) El “socialismo de guerra” se convirtió en el plato del día. Los líderes sindicales trabajaban en los consejos de planificación económica. La inflación escondía los costes monetarios.
El historiador Hd Zinnowar informa de que “En los tres primeros meses de la guerra, casi todo el ejército británico original había desaparecido”. Al estancarse la guerra en el frente occidental, hombres de ambos bandos morían por decenas de miles por unos pocos metros de tierra quemada.
Para los generales al mando, los reclutas eran munición a sacrificar.
En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó  once divisiones de soldados ingleses salir de sus trincheras y dirigirse a las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas usaron sus ametralladoras. De los 110.000 que atacaron, murieron 20.000, 40.000 más resultaron heridos. (…) El 1 de enero de 1917, Haig fue ascendido a mariscal de campo.[5]
En el campo de batalla de trincheras de la Primera Guerra Mundial, los muertos nunca abandonaron el escenario.
La línea de trincheras que se extendía de Suiza al Canal de la Mancha estaba plagada de los restos de tal vez un millón de hombres. (…) Los enterrados reaparecerían durante los bombardeos y serían reenterrados, a veces para ayudar a soportar, bastante literalmente, las trincheras en las que habían luchado. Muchos soldados recordaban el hedor de la descomposición y los enjambres de moscas en los cadáveres, especialmente durante los meses de verano. Todos odiaban las ratas.[6]
Incluso con Gran Bretaña imponiendo un bloqueo de hambre contra Alemania que acabaría matando a 750.000 civiles alemanes, los aliados corrían el riesgo de perder la guerra. Utilizando una flota de submarinos recién construida, los alemanes estaban destruyendo barcos aliados a un ritmo de 300.000 toneladas semanales. Al final de la guerra, los U-boats habían hundido más de 5.700 barcos. A principios de 1917, los aliados afrontaban la perspectiva de pedir un acuerdo de paz a Alemania.[7]

Wilson rescata Wall Street

Para Wall Street, la paz no era una opción. Con la posibilidad de que los bonos aliados quedaran impagados, los inversores perderían 1.500 millones de dólares. Se perderían las comisiones, así como los beneficios de vender material bélico. El Tesoro podía subvencionar directamente a los aliados, pero solo si EEUU abandonaba su “neutralidad” y entraba en guerra.[8] Tras el discurso de Wilson en el Congreso, lo hizo oficialmente el 6 de abril de 1917.

Así se salvaron los flujos de caja de Morgan. Estados Unidos extendió los créditos a los aliados (que volvieron a Morgan para pagar los préstamos), aumentaron los impuestos de la renta (especialmente a los ricos) y la Fed hinchó.
Entre 1915 y 1920, la oferta monetaria y los precios se doblaron. Los déficits federales eran de mil millones de dólares al mes, superando el presupuesto federal anual antes de la guerra. El gobierno dirigía la economía, estableciendo precios y prioridades, teniendo a su disposición sectores enteros, como ferrocarriles, teléfonos y telégrafos. La expresión “libertades civiles” era sinónimo de traición, se animaba a la gente a espiar a sus vecinos y la censura estaba en todas partes. “El reinado de terror del gobierno contra los “pro-alemanes’ apuntaba a todos los que dudaran de la causa”, escribe Stromberg. “Tantos chivatos hicieron que H.L. Mencken sugiriera darles medallas”.

A la gente se la encarcelaba por pedir al gobierno que cumpliera la ley. Robert Higgs nos dice:
En California, la policía detuvo a Upton Sinclair por leer la Declaración de Derechos en una gira. En Nueva Jersey, la policía detuvo a Roger Baldwin por leer públicamente la Constitución.
La “campaña de propaganda masiva” del gobierno produjo
incontables incidentes de intimidación, abuso físico e incluso linchamiento de personas sospechosas de deslealtad o insuficiente entusiasmo por la guerra. La gente de ascendencia alemana sufrió de manera desproporcionada.[9]
Pero al principio hubo un gran problema. El presidente de EEUU estaba pidiendo a los muchachos estadounidenses que arriesgaran sus vidas para hacer al mundo “seguro para la democracia”, pero se alzaron pocas manos. Tal vez estuvieran más de acuerdo con el senador progresista de Wisconsin, Robert M. La Follette, que decía al Congreso que los pobres serían “los llamados a pudrirse en las trincheras”. En palabras de Ralph Raico:
En los diez primeros días después de la declaración del guerra, solo se alistaron 4.355 hombres; en las siguientes semanas, el Departamento de Guerra consiguió solo un sexto de los hombres requeridos. Aún así, el programa de Wilson reclamaba que enviáramos un gran ejército a Francia, de forma que las tropas estadounidenses estuvieran suficientemente “ensangrentadas”.[10]
Con la juventud del país sin mostrar ningún interés en morir o matar por políticos corruptos, Wilson decidió utilizar las bayonetas. El 18 de mayo de 1917 firmó la Ley del Servicio Selectivo para registrar más de 10 millones de hombres, de los cuales se seleccionó a más de 2,8 millones.[11] En un aparente intento de hacer de sí mismo y de su administración la inspiración para el Gran Hermano, Wilson añadió que el servicio militar no era “en ningún caso un reclutamiento forzoso de los no dispuestos: es más bien la selección de una nación que se ha presentada voluntaria en masa”.
Los “voluntarios” que no se registraban pasaban un año en prisión y a cualquiera que se le encontrara obstruyendo el proceso de reclutamiento debía pagar una multa de 10.000$ y 20 años en la cárcel.[12]

Según Wikipedia, en la Primera Guerra Mundial se mató a 16 millones de personas, contando tanto soldados como civiles. Fueron heridos otros 21 millones. Francia perdió a la mitad de sus hombres de entre 20 y 32 años. La guerra costó más de 117.000 vidas estadounidenses y dejó heridos a otros 205.000. La carga psicológica de los supervivientes va más allá de nuestra comprensión.
Un sistema de moneda fuerte hubiera convertido en ficción todo el relato anterior. Sin la cobertura de la financiación que proporciona la inflación, el conflicto habría sido poco más que una quimera belicista.
¿Qué trajo al mundo todo este sufrimiento y muerte? La Rusia soviética, Adolf Hitler, el keynesianismo, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el Telón de Acero y mucho más (incluyendo las instituciones financieras demasiado grandes como para quebrar). La guerra, sea fría o caliente, se convirtió en un negocio lucrativo.
Como repite T. Hunt Tooley en su ensayo “Merchants of Death Revisited: Armaments, Bankers, and the First World War”, tanto los fabricantes de armas como los banqueros, aquí y en Europa,
utilizaron a sus propios gobiernos para subvencionar sus operaciones y generar un enorme beneficio. Tanto fabricantes de armas como banqueros fueron activos en dar subvenciones a la prensa para moldear la opinión pública como se necesitaba. Tal vez sea más importante que los intereses de ambos grupos caían en un ciclo de conflicto. Los fabricantes de armas necesitaban conflictos para tener una enorme demanda [pero] también necesitaban periodos de paz armada o guerra fría para actualizar tecnologías y vender sus nuevos productos. Igualmente los banqueros necesitaban conflictos como forma de financiar los esfuerzos bélicos de los gobiernos en general, forjando todo tipo de relaciones con esos gobiernos y consiguiendo la ayuda del gobierno para aplastar a sus rivales empresariales o comprarlos. Aún así, los periodos de paz eran especialmente importantes para los banqueros, porque se obtenían beneficios aún mayores por los trabajos de reconstrucción después de que se acabara un conflicto, contándose entonces no en millones, sino en miles de millones.

Conclusión

Si los bancos beligerantes no hubieran estado protegidos por el privilegio público, la gente se habría llevado su oro. Con el riesgo excesivo de unos impuestos masivos, la guerra de cuatro años se habría acabado en cuatro meses.[13] Sin medios para pagarla, se hubiera denegado su guerra a la clase política. Los préstamos con reserva fraccionaria y el abandono del oro abrieron las puertas al matadero.[14]
Durante los siglos XVII y XVIII, los piratas del mar frecuentemente izaban la Jolly Roger para asustar a sus víctimas y que se rindieran sin pelear. La calavera y las tibias sobre el fondo negro representaban muerte y saqueo. Cuando Nixon cerró la ventanilla del oro a los gobiernos extranjeros en 1971, el dólar se convirtió en puro papel moneda fiduciario, ideal para la piratería legal.
Con un papel moneda fiduciario bajo el control de su banco central, el gobierno de EEUU y sus empresas relacionadas pueden asaltar la riqueza de los tenedores de dólares y financiar un imperio mundial mediante sobornos, intimidación y guerra, mientras que los grandes bancos comerciales pueden inflar en su provecho, sabiendo que la Fed puede crear y creará suficientes dólares como para rescatarlos ante problemas.
El propio dólar aún muestra un parecido cercano al medio de papel que una vez circuló como sustitutivo del dinero real. Cuánto más honrado sería que el dólar actual mostrara la imagen de la Jolly Roger.[15]





[1] Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit, The Foundation for Economic Education, Inc., Irvington-on-Hudson, Nueva York, 1971, p. 414. [Publicado en España como La teoría del dinero y el crédito (Madrid: Unión Editorial, 1997)]
[2] Jorg Guido Hulsmann, The Ethics of Money Production, Mises Institute, Auburn, AL, 2008, p. 211.
[3] G. Edward Griffin, The Creature from Jekyll Island: A Second Look at the Federal Reserve, Cuarta Edición, American Media, Westlake Village, CA, 2002, p. 236.
[4] Ralph Raico, Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal, Mises Institute, Auburn, AL, 2010, p. 25
[5] Howard Zinn, A People’s History of the United States, Capítulo 14: War is the Health of the State.
[6] J. M. Winter, The Experience of World War I, Oxford University Press, Nueva York, 1995, p. 146.
[7] Creature, p. 238.
[8] Creature, p. 239.
[9] Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society, The Independent Institute, Oakland, CA, 2004, p. 166.
[10] Great Wars, p. 40.
[11] Against Leviathan, p. 165
[12] Robert Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government, Oxford University Press, Nueva York, 1987, pp. 132-133.
[13] Garet Garrett, A Bubble That Broke The World, Fraser Publishing, Burlington, VT, 1996, p. 3.
[14] Gary North, The Gold Wars, 2009, p. 23.
[15] George Ford Smith, The Flight of the Barbarous Relic, CreateSpace, 2008.

Publicado el 28 de abril de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.
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El infierno de la inflación

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