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Mis noventa minutos con Mario Conde

Mis noventa minutos con Mario Conde

@S. McCoy - 23/05/2009


(Actualizado a las 10.15. Mario Conde alude a este encuentro en un post de su blog de hoy. No puedo por menos que adjuntarlo. Mi juicio sobre su persona es subjetivo, punta de iceberg. Como el suyo sobre la mía. Excusa para próximas citas. El elemento discursivo de Conde que dejó, voluntariamente o no, poco espacio para el elemento humano que reclama, se ha tratado de recoger con la mayor objetividad por el interés de los lectores. Una retórica difícil de seguir y más de reflejar, aun con una sonrisa. En cualquier caso, para el barco que no sabe dónde va, cualquier rumbo es el correcto, a vela o a motor).

Mario Conde es todo un personaje. En su doble acepción de figura de relevancia social, pretérita o presente, y de impostura, de ficción artística que desempeña un papel estudiado de antemano. Esa es la sensación que me quedó del encuentro que mantuvimos el jueves pasado con él en la redacción de El Confidencial, diario que pretende ser la casa de todos. Una persona cuya exuberante inteligencia, que se prueba en una oratoria retórica, amena, vibrante y gestual, ya fue su condena. Demasiado lejos, demasiado rápido. Y el sistema, como hemos comentado hasta la saciedad, no perdona: tolera a los listos, destruye a los que se creen los más listos. Una experiencia interesante, marcada por el ritmo que él quiso imponer, sudoroso en extremo, adicto al café y lejos del patetismo televisivo reciente. Podría creer que venía a vendernos su libro, una historia premeditada cualquiera. Pensando sinceramente y revisando mis notas, no se me ocurre cuál es. Quizá únicamente persiga estar ahí; volver a ser alguien en un mundo en el que la meditación trascendental logra serenar las almas pero no controlar los egos. De ser así, no seré yo quien le niegue tal satisfacción, justificación del artículo de hoy. Tic-tac, tic-tac, cronómetro en marcha.

El discurso de Conde, que se envuelve en un cierto halo de misterio y alardea de la prodigalidad de unos contactos que recorren todo el estrato social, es contradictorio. Su  pesimismo sobre el entorno macro que afecta a España, y las posibles consecuencias políticas y sociales que del mismo se pueden colegir, choca con una renovada carrera empresarial que, como él mismo señala, pretende aprovecharse de la ineficiencia de esos bancos y cajas que han hecho tabla rasa con sus clientes y apenas distinguen las empresas solventes de aquellas que no lo son, al menos al nivel del presionado director de sucursal. El gallego de Tuy -que considera el crédito como un la sangre del sistema y un valor social, cuestión más que discutible, toda vez que participa de las dos características principales que al mismo lo definen, según su criterio: uniformidad y necesidad- está dispuesto a jugar un papel relevante a la hora de ayudar a aquellos negocios hoy viables pero necesitados de financiación. Tenga o no éxito en su misión, uno no puede sino recordar en este modo de actuación cómo se han construido parte de las grandes fortunas de este país.

Quizá el elemento más diferencial de su línea de pensamiento sea el salto que da desde el concepto de eficiencia económica al de eficiencia social. No creo que pueda considerarse una idea novedosa aunque para servidor resultó, conceptualmente y dentro de mis limitadas posibilidades intelectuales, original. El ex presidente de Banesto considera la primera (eficiencia económica) como una argucia más de esa ortodoxia formal que, pese a perseguir lo teóricamente correcto desde un punto de vista económico, ha permitido la creación de la mayor burbuja financiera de la Historia, cuyo estallido ha traído importantes y negativas consecuencias para el conjunto de la sociedad. Una ficción de actividad y riqueza, juicio que comparto con él, llena de acrónimos ingleses, que ha dejado hace tiempo de corresponderse con la economía real que inicialmente la sustentaba y le daba fundamento y utilidad. Con la paradoja adicional de que se vuelve a depositar en los guardianes de dicha ortodoxia, los que hicieron negocio de ella, la corrección del desastre que, por acción u omisión, contribuyeron a generar. Correcto.

De ahí que para él -no se olviden, éste es su minuto de gloria no solicitado en Valor Añadido, tic-tac, tic-tac- el cambio de modelo sea una especie de consuelo colectivo que no ataca la raíz del problema. El objetivo último no ha de ser tanto la mejora de la estructura productiva o de demanda, sino la consecución de una eficiencia social. Un concepto complejo que incluye tanto la condición de los propios ciudadanos como agentes económicos y factores de producción no suprimibles como el impacto que, sobre el conjunto de los mismos, su riqueza y bienestar, se deriva de las actuaciones públicas y privadas dentro del esquema económico fijado de antemano. Un nuevo paradigma que sólo cobra sentido encuadrado en un factor igualmente recurrente de su disertación: el necesario resurgir de la sociedad civil. Movimiento revolucionario, de cambio de las decrépitas instituciones públicas nacionales, que si no surge a tiempo corre el riesgo de convertirse en asambleario, con todo lo que esto implica, especialmente en términos de xenofobia. Conde parece olvidar aquí que es precisamente la condición humana, su pánico, su ambición, la que termina por distorsionar la bondad de los distintos poderes del estado, hace este concepto de eficiencia social inviable a medio plazo y provoca que su propuesta anide, probablemente, en el árbol de la utopía.

¿Es posible que tal fenómeno de rebeldía social se produzca? Dependerá de lo que se prolongue en el tiempo la crisis y lo que dure la desconexión entre las prioridades de los gobernantes, que se centran en el rescate de la banca, y las necesidades de sus votantes. Una Administración desorientada que dispersa sus esfuerzos frente a una colectividad doliente que está sufriendo en sus carnes la falta de recursos, de tipo de interés o de cambio, para salir del hoyo por el que actualmente transita y que contempla cómo la única solución posible pasa por un ajuste real de los precios y de sus salarios. Con el problema adicional de no ver una salida a corto plazo pese al mensaje oficial. Empieza el ex banquero a percibir un clamor social por el cambio. Quién lo canalizará es otro cantar aunque él no ofrece formalmente su candidatura. Banca y ciudadanía. Pero, ¿no era importante el crédito? En efecto. Pero, novedad no tan novedosa de Conde, ha de ser tutelado lo que implica asignarle una función social no especulativa que condicione, a su vez, una actividad bancaria que ha de volver a su función primigenia de canalización del ahorro a la inversión. Como si fuera posible.

Mario Conde está de vuelta. De mucha más calidad que sus intervenciones televisivas es su blog donde realiza numerosos devaneos intelectuales acerca de lo divino y de lo humano. Merece la pena una visita. El que fuera considerado como ángel caído vuelve de las cloacas del infierno del poder para enfrentarse con él con la fuerza de quien ha sido víctima de sus propios excesos y quiere ser verdugo de su pasado. Emerge Mario Conde de sus cenizas. Por más que me lo pregunto, no sé muy bien para qué. Él sabrá. Pero está ahí. Un tipo brillante, divertido y listo de verdad. Esperemos que esta vez, sepa medir no sólo sus fuerzas sino, sobre todo, las de los demás. Tic-tac, tic-tac, se cumplió el tiempo. Volvemos el lunes.