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El fantasma de Martinsa Fadesa sobrevuela el mercado inmobiliario

El fantasma de Martinsa Fadesa sobrevuela el mercado inmobiliario

@S. McCoy - 12/02/2009 06:00h


Está tan implantada en la caracterología hispánica lo del vivo al bollo y el muerto al hoyo, el muerto al pozo y el vivo al gozo en su versión ilustrada, que gran parte de los analistas de este país hemos pasado por encima de la modificación de los resultados acumulados a 30 de septiembre de 2008 de Martinsa Fadesa. La compañía ha dejado de ser noticia hasta el punto de que ya en su momento causó poco ajetreo mediático la propuesta de la administración concursal de fijar un sueldo para el doblemente concursadoFernando Martín de 75.000 euros mensuales, en atención a los cargos que desempeña y a sus necesidades cotidianas, que tienen que ser, visto lo visto, bastante profusas. 900.000 euros al año, no están nada mal. Sin embargo, y más allá de lo escandaloso o no de una propuesta como ésa, lo cierto es que la compañía sigue dando información muy relevante en sus sucesivas comunicaciones a clientes, proveedores y mercado en general. Y este caso no ha sido una excepción.

Lo sabido es que la compañía ha llevado a cabo un ajuste de su activo contable de 2.245 millones de euros. Tal y como se desprende de los Estados Financieros Intermedios de la compañía a 30 de junio, a disposición de cualquier interesado en la web de la CNMV, el motivo no es una liquidación ordenada de sus propiedades contra amortización de deuda o pago a proveedores. Se debe, tal y como dice el punto 2.5 del documento, y esto tampoco es novedad, “a la situación que atraviesa el mercado inmobiliario en la actualidad y que ha llevado a expertos independientes y a la propia Martinsa Fadesa a utilizar hipótesis de trabajo mucho más conservadoras en cuanto a las edificabilidades futuras previsibles en cada ámbito, los precios de venta estimados de los diferentes tipos de activos y los plazos de desarrollo del proceso de gestión urbanístico, de construcción y comercialización de las promociones, lo que ha resultado en una valoración sensiblemente inferior a la obtenida en el año anterior, especialmente en lo que se refiere a los activos localizados en el mercado nacional”. El resultado, y saltamos así al apartado 11, es una variación negativa de existencias de 2.295 millones de euros o un 24% menos que el 31 de diciembre de 2007, seis meses antes.

Obviamente, las cifras vienen distorsionadas por un par de condicionantes de cierta significación. Primero, la valoración de parte de los inmuebles estaba inflada por la necesidad de actualización que provocó la integración en el balance a precios de mercado de los activos de Fadesa, realidad que magnifica igualmente las pérdidas operativas.  Claro, que eso no es sino una prueba más del disparate que supuso desde su génesis esta operación. Segundo, como se ve en el último informe de tasación de CB Richard Ellis, referido a ese final de ejercicio 2007, y que aún está colgado en la web de la propia inmobiliaria, gran parte de su activo lo componían, como en otras muchas inmobiliarias a lo largo y ancho de la geografía nacional, suelos y obras en curso, dos de los activos que más están sufriendo en la coyuntura actual. Indudablemente, gran parte de la corrección de valor vendrá por ahí. Sin embargo, y aún con estas salvedades, el informe habla de oferta, demanda y precios, los tres parámetros fundamentales del negocio. Y, en cualquier caso, no se puede negar lo evidente: una corrección fulminante de las estimaciones en un momento en el que la verdadera dimensión de la crisis aún era una entelequia para muchos. Quedaba medio año por delante. ¿Cuál sería el resultado de ese proceso a cierre de 2008? Les garantizo que no arrojaría noticias positivas. Ni mucho menos.

Lo importante, en cualquier caso, y volvemos al inicio de esta pieza, no es el caso Martinsa en sí, sino las implicaciones que del mismo se derivan. Para aquellas compañías que han comprado suelo en los últimos años, extrapolar el necesario ajuste les llevaría a una situación patrimonial negativa y a su posterior liquidación. Aguantarán mientras puedan. En esas otras que disfrutan de valores contables muy inferiores a los de mercado, aun a los precios actuales, el problema viene, en muchos casos, por la financiación que han recibido y que ha tomado como referencia el teórico e inflado valor de ejecución de sus inmuebles. El activo vale ahora sustancialmente menos que la deuda. Sólo aquellas firmas que no hayan caído en la tentación del apalancamiento, podrían mantenerse a flote tras un recorte como el acaecido en la concursada. Y, ¿las entidades financieras? Bueno, ya se pueden imaginar. Nadie da en pago un inmueble cuando debe mucho menos que su valor. Intuitivamente cabe pensar en loan to values (valor de la deuda sobre el activo) altos tanto en suelo como en residencial y, por ende, en pérdidas automáticas a partir de un 20% de caída de valor. Si el baremo de caída era del 25% a junio de 2008, ay, ay, ay… el equity negativo empieza a acumularse. No sólo me cuesta el bien (seguros, mantenimiento, comunidad, IBI) y dejo de ingresar por el crédito, sino que además requiero de una subida mayor de la vivienda para empezar a recuperar mi "inversión". Como ven el fantasma de Martinsa continúa sobrevolando el mercado. Y provocando sobresaltos. El sábado más y mejor.

Ya es jueves.

Alimento para el alma. Empiezo febrero con un par de decepciones importantes. Luisito, la nueva novela corta de Sunnana Tamaro, que se empeña en explotar una vena, la de flash back de ancianitas entrañables, que no da más de sí, ni en trama ni siquiera en brillantes ideas para la reflexión como las que contenía Donde el Corazón te Lleve. Del montón de las malas. Igualmente, una gran decepción con Mal de Escuela, de Daniel Pennac. Sobre una idea tan bien traída como la integración escolar de los alumnos más complicados de mano de la propia experiencia del autor, que terminó convirtiéndose en profesor, la trama da cienes y cienes, que diría aquél, de vueltas sobre sí misma hasta aburrir a las ovejas. Le sobran la mitad de las páginas. En fin. Mala suerte. Esta semana que entra, siguiendo sus sugerencias, va de clásicos. Ya les contaré.

Alimento para el cuerpo. Hoy no me voy a distraer con minucias, sobre las que escribiré la semana que viene. Cuando uno hace una visita gastronómica de la importancia de la que servidor disfrutó el viernes pasado, todo lo demás sobra. Llego a los dominios de Pepe y Diego en El Bohío (Illescas-Toledo) de la mano de Andrea Tumbarello de Don Giovanni y, como no podía ser de otra manera, me someto a la disciplina de su extenso menú degustación, diez más dos. La experiencia es increíble tanto por el punto de preparación que traen los distintos elementos que lo componen como por las originales combinaciones de sabores y texturas que de ellos se desprenden. Por destacar algo, y es difícil, la Sopa de Queso, el Huevo con Setas de Temporada, la insuperable Ropavieja con Caldo de Cocido o la Liebre con Foie Gras, Chocolate y Trufas, un plato sorprendente que me encantó. La carta de vinos es espectacular y los postres, algo más flojos, tampoco desmerecen. A 35 minutos de Madrid, bien merece una visita.  

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La usura pasa de los bancos al gobierno

La usura pasa de los bancos al gobierno

@S. McCoy - 11/02/2009 06:00h


Ayer la prensa española recogía dos artículos extraordinarios cuya lectura encarecidamente les recomiendo. El primero de ellos lo firmaValentí Puig en ABC, un articulista que he descubierto recientemente y que he de reconocer que me encanta. No sé si porque soy de fácil contentar, que todo puede ser. El titular era demasiado tentador como para no sumergirse en su lectura: Los jóvenes y la nueva frugalidad. Les adjunto el enlace. Habla de la excesiva protección de los jóvenes, de su tendencia consentida a prolongar su adolescencia, de su conciencia de derechos pero no de deberes y del choque que la crisis actual va a suponer sobre su concepción de la vida al descubrir, en muchos casos, la necesidad del esfuerzo (que él asocia de modo reduccionista con la movilidad laboral) y la frugalidad. No les digo más.

 

El otro, que va ser materia del Valor Añadido de hoy, lo firma el antiguo presidente de la SEPI, Ignacio Ruiz-Jarabo, en Cinco Días. Mal titulado, en mi opinión, Solbes y la usura, se hace eco de una más de las contradicciones en las que incurre el Gobierno actual que no duda en poner en el punto de mira a la banca comercial privada, a la vez que adopta medidas próximas a la usura cuando de cobrar intereses sobre los pagos aplazados a la Hacienda Pública se trata. Una opción que la crisis de liquidez por la que atraviesan numerosas firmas en nuestro país ha hecho cada vez más corriente. La pieza está muy bien escrita, con una adecuada estructura de presentación, nudo y desenlace, datos contrastables y conclusiones fáciles de comprender. Aunque les añado igualmente el link, no me resisto a cascárselo en su integridad. Ya saben que este blog es de todos ustedes, primero, y de todos los que tengan algo que aportar diferencial después. Ruiz-Jarabo cumple hoy con ambos requisitos. Les dejo con él.

 

“Una de las cuestiones que polariza el debate social en las últimas semanas es la conducta de las entidades bancarias. La prolongación de su brutal restricción a la concesión de créditos tras haber sido destinatarias de un importante volumen de recursos públicos mantiene viva la llama de la discusión.

 

El tiempo dará ocasión de comprobar si la paciencia del Gobierno y del Partido Socialista es agotable -según manifestó Miguel Sebastián- o si, por el contrario, es infinita -tal y como le contradijo José Blanco-. Entretanto, tiene interés analizar la propia conducta seguida por el Ministerio que dirige Pedro Solbes respecto a los contribuyentes que mantienen deudas aplazadas con la Agencia Tributaria.

 

Al respecto debe señalarse que, a la espera de los datos oficiales correspondientes a 2008, el número de aplazamientos de deuda concedidos anualmente por la citada entidad supera los 300.000, mientras que el importe que resulta aplazado cada año excede de 1.700 millones de euros. Ambas cifras determinan la importancia relativa de la cuestión aludida.

 

Recordemos que el coste financiero para el contribuyente de las deudas tributarias aplazadas -ingreso para la Agencia Tributaria y para el Estado- lo constituye el interés de demora. Éste es fijado anualmente en la ley de presupuestos de cada ejercicio y, una vez determinado, el tipo de interés establecido se aplica tanto a los aplazamientos concedidos en dicho año como a los que provienen de ejercicios anteriores. En definitiva, se trata de créditos a interés variable, con la peculiaridad de que éste es modificado unilateralmente por el acreedor.

 

Una situación como la descrita exige que en la utilización de su prerrogativa el acreedor mantenga una pauta de conducta estable y razonable. Y así ha venido sucediendo con el interés de demora que, año tras año, era fijado en la correspondiente ley presupuestaria con un cierto diferencial por encima de los tipos de mercado.

 

Veamos lo ocurrido en el pasado reciente. En 2006, el interés de demora fue el 5%, mientras que en dicho ejercicio la media anual del euríbor a 12 meses fue el 3,44%, por lo que el deudor de la Agencia Tributaria soportó un sobrecoste financiero de un 45%. En 2007, el interés de demora fue el 6,25%, lo que, dado que el promedio del euríbor fue del 4,45%, situó el diferencial entre uno y otro en el 40%. Finalmente, durante el pasado año, se aplicó a las deudas tributarias un 7% de interés, en tanto que la media del euríbor a un año fue el 4,8%, lo que determinó que el primero excediera al segundo en un 45%.

 

Como se puede observar, venía existiendo una notable estabilidad en el diferencial existente entre el interés de demora y los de mercado -45% en 2006, 40% en 2007, 45% en 2008-. De ese modo, el contribuyente que solicitaba aplazar su deuda tributaria con la Agencia Tributaria era consciente de la dimensión del sobrecoste que dicho aplazamiento le suponía.

 

Sin embargo, el escenario ha sido unilateral y radicalmente alterado por parte del acreedor. En efecto, pese a que durante el segundo semestre de 2008 se produjo un importante descenso de los tipos del mercado, el Ministerio de Hacienda mantuvo en la Ley de Presupuestos para 2009 un interés de demora del 7%. El resultado en lo que va de año no puede resultar más desequilibrado, dado que como el euríbor medio ha sido de un 2,6%, el diferencial de tipos a favor de la Agencia Tributaria está siendo de ¡un 167%!, cuadruplicando los respectivos diferenciales de los tres últimos ejercicios. Y evidentemente, este encarecimiento relativo de los créditos concedidos por la Agencia Tributaria, además de encarecer sobremanera los nuevos aplazamientos, ha sorprendido la buena fe de aquellos contribuyentes que aceptaron las condiciones de aplazamiento en años anteriores”.

 

Sin duda, la conducta del Ministerio de Hacienda incurre técnicamente en la usura, según la definición del término dada por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española -'interés excesivo en un préstamo'-, a la vez que convierte a la Agencia Tributaria en usurera -quien 'presta con interés excesivo'-.

 

Convengamos que la conducta analizada no puede ser valorada sino negativamente. En clave económica, porque no tiene sentido exprimir tan ferozmente a los ciudadanos que mantienen deudas con la Agencia Tributaria en época de crisis y de credit crunch. Desde un prisma moral o ético, porque resulta notoriamente reprobable el enriquecimiento injusto del Estado a costa de sus deudores. Y desde la perspectiva de la coherencia, porque no es defendible la presión del Gobierno sobre la banca -sea con paciencia finita o infinita-, si no se predica con el ejemplo de un trato razonable a sus propios deudores. Por todo ello, la urgente modificación legal del interés de demora es conveniente, necesaria y, por tanto, también exigible”.

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Otro gráfico de cuidado o por qué esto huele a depresión

Otro gráfico de cuidado o por qué esto huele a depresión

@S. McCoy - 10/02/2009


No fue ayer el mejor día para aquellos que confiaban en una pronta recuperación de los mercados financieros. Saben que, desde el comienzo de la crisis, hemos afirmado hasta hartarnos que el principio del fin se produciría cuando revertieran a la media dos de los grandes excesos que se habían materializado en los últimos años: la sobre valoración de los activos, fundamentalmente inmobiliarios, y el exceso de crédito en el balance tanto de las entidades financieras como de los particulares. Aunque cualquier proceso de ajuste de la magnitud del que se está produciendo provoca normalmente un exagerado movimiento pendular en sentido contrario, que en el caso que nos ocupa se materializaría en caídas excesivas del precio de la vivienda y, probablemente, en una apuesta por una mayor capitalización bancaria de lo necesario, lo cierto es que, para muchos, cualquier señal de estabilización, tanto de los unos como de la otra, es la señal que hay que esperar para creerse que, de verdad, está sí que es la definitiva.

Pues bien, proliferan los autores que, al calor del repunte de las ventas de casas como consecuencia de la liquidación de bienes adjudicados por impago, no dudan en afirmar que lo peor del sector residencial en Estados Unidos, que debe marcar la pauta de la recuperación global, está a punto de quedar atrás. Entre ellos, y sin ir más lejos, el economista jefe de Moody´s, Mark Zandi, habitual en las mesas redondas de Barron´s, que sitúa el fin del ciclo actual a finales de este año natural. La caída entre pico y suelo en aquél país sería del 36%, con un recorte adicional del 11% en el presente ejercicio. No tengo elementos de juicio para discrepar de tal predicción. Un mercado transparente, y eficiente en la formación de los valores de intercambio, encuentra mucho antes el punto de equilibrio entre oferta y demanda. Una obviedad que nos lleva a una cuestión digna de Cuarto Milenio. Si todos los autores están de acuerdo en señalar los evidentes paralelismos entre lo acontecido con el sector en España y Estados Unidos, en términos de oferta y precios, ¿cómo es que estos últimos en España se resisten a caer como gato panza arriba? Misterios por resolver que habrá que buscar en los balances de nuestra banca, empeñada en detener una bola de nieve que, como se descuide, le va a pasar por encima. Ya hemos perdido 24 meses a añadir al contador de la resolución de la parte inmobiliaria de nuestro particular calvario nacional.

Volviendo a la perspectiva internacional, ¿qué lleva a McCoy a afirmar que se trata de un mal día si aparentemente se empieza a ver la luz al final del túnel? Bueno, toda moneda tiene un haz y un envés. Y el reverso de la potencial estabilización del precio de la vivienda es que, cuando se produzca, muchos ciudadanos se encontrarán con deudas que sobrepasan con creces el valor de su casa, por lo que ni con su venta podrán recuperar lo invertido, con unas cuotas hipotecarias mensuales muy elevadas en relación con su renta disponible, aun después de los procesos de refinanciación, y con sus ingresos familiares en riesgo como consecuencia del repunte del paro que trae consigo el menor consumo e inversión productiva. Que el residencial frene su caída es la condición necesaria para que el mercado recupere la confianza. Sin embargo, la condición suficiente es que se reduzca el apalancamiento del sistema de forma ordenada, esto es, a través del vencimiento y pago de lo adeudado. Y es aquí donde nos encontramos ayer con tres noticias, a cada cual más indicativa de que tal fenómeno no se está produciendo. Todas ellas muestran el lado oscuro de la fuerza de la economía financiera.

De menos a más, RBC Capital señala que en los próximos 3 a 5 años cerrarán en Estados Unidos hasta 1.000 entidades financieras como consecuencia de los créditos concedidos para financiar inversiones terciarias inmobiliarias, categoría que amenaza con convertirse en el siguiente agujero negro sectorial. Su anterior pronóstico era de 300. En 2008 cerraron 25 y en lo que va de 2009 lo han hecho 9, lo que implica, haciendo una extrapolación lineal de parvulario que probablemente alcanzaremos las 100 este año.  Lo peor llegará en 2010 y 2011. ¿Es factible? Centrémonos en el residencial. Vamos a ver lo que dice JP Morgan: hemos doblado nuestra proyección de pérdidas en titulizaciones de préstamos de gran cuantía, no cubiertas por Fannie o Freddie, con calidad crediticia, hasta el 10% del total. Actualmente la mora alcanza el 5,3% de un mercado de 500.000 millones de dólares. Estamos hablando, por tanto, de un impacto potencial de 50.000 millones sólo en este segmento. Pero lo verdaderamente dramático, y lo que pone a McCoy los pelos de punta, es el chart que figura en este artículo de Financial Times que les adjunto. Basándose en información de Credit Suisse, señala que las pérdidas pendientes aún de asomar del sector inmobiliario americano son de 1,6 billones de dólares, de los de millones de millones. No han leído mal. Pendientes de. Ups.

Estamos hablando de un 18% del total del mercado inmobiliario estadounidense, con los impagos muy concentrados en las hipotecas Alt-A, aquellas constituidas con documentación incompleta, donde la mora a cierre de enero alcanzaba el 22,88%, y en las llamadas Option ARM que disfrutaban durante los primeros años de un tipo fijo reducido que ahora se convierte en variable y que se asemejan bastante a las subprime en términos de carencia de las formalidades necesarias en su constitución, fundamentalmente en cuanto a la capacidad de repago del adquirente. En esta categoría los impagos han alcanzado ya el 31% del total. Los analistas a los que hace referencia el artículo, entre ellos la gurú de Oppenheimer Meredith Whitney, sitúan el incumplimiento final en ambos segmentos cerca del 50% lo que afectará a todos los bonos que incluyan uno u otro en su composición y, por ende, a la cuenta de resultados y la solvencia de las entidades que los mantengan en sus balances. De ahí que el mercado espere como agua de febrero lo que Geithner, el nuevo Secretario del Tesoro, tenga que proponer en términos de aislamiento de estos activos malos. Pero, ¿qué se puede hacer cuando es un quinto de la deuda residencial la que está contaminada?

Todo esto lleva a la conclusión de que la depresión es inevitable. Sé que es una mala noticia. Pero se trata de una toma de conciencia completamente necesaria. El monstruo que entre todos hemos creado comenzó hace meses a devorarnos. Y sigue digiriéndonos lentamente. El proceso de desapalancamiento va muy lento, demasiado. Aquí sí que se ha echado en falta una reacción global desde el inicio. Y a la plétora de malas noticias que la paulatina contracción del crédito –que terminará de matar a los bancos- va a  traer consigo impedirá que la economía real recupere el pulso con la celeridad necesaria. Habrá una estabilización en niveles mínimos. Pero se tardará mucho más de lo pensado en salir del túnel. No España, sino el conjunto de las principales economías mundiales. Una depresión que ya ha dejado de ser una palabra maldita como prueban las declaraciones este fin de semana del presidente del FMIDominique Strauss-Kahn, y cuyos signos evidentes son los fuertes repuntes del paro, la contracción del comercio mundial a la que hacía mención ayer Münchau en el FT, en un artículo muy clarificador sobre esta cuestión, y el colapso de la producción industrial. Sin embargo, no hay que esperar a los datos para tener la evidencia.

La falta absoluta de catalizadores que son los que matan la esperanza de recuperación. A la ineficacia monetaria se une el pim pam pum en que se ha convertido la política fiscal en muchos países, completamente descoordinada internamente y con la de sus vecinos. Como señalaba ayer el editorial de WSJ, The stimulus tragedycon su sesgo habitual pero de modo muy acertado en mi opinión, no es momento de planes de gasto sino de estímulo, de apuesta por la economía productiva y no por el estado del bienestar, algo que señalamos ayer mismo en este Valor Añadido. Lo siento por Ignacio, ese lector que me tira de las orejas de vez en cuando por mi agorerismo, que va contra la confianza que la economía y el empresariado necesitan. Y de verdad le digo a él en concreto que me ha costado escribir este post. Pero la cosa sigue, aún ahora, pintando muy mal. Prefiero ser el primero en desengañarles y, ojalá, en equivocarme. La única alternativa, visto lo visto, es superar la convención actual de un sistema financiero basado en la actividad bancaria y sustituir, con todos sus peligros, a ésta por la actuación pública. Y no sé si del mal acabaría siendo el mayor. Una reflexión que espero se enriquezca con sus contribuciones que, les aseguro, son el pan mío de cada día.

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Verdades sobre el Paro al 5/02/2009.

Tertulia Politica del 5 de febrero Programa la LINTERA de Cesar Vidal en la COPE .
En ella entrevistan a entrevistas con José Vía, secretario Acción Sindical USO Jose Via , donde explica las cifras REALES DE PARO.
Lo malo es que el audio dura 65:06 minutos.
por su gran interes lo publico.
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 Con Adriana de Riva, Juan Carlos Girauta y Cristina Losada (incluye entrevistas con José Vía, secretario Acción Sindical USO y Begoña de Burgos, presidenta de Manos Unidos)

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¿Y el 2010? Dios dirá.

¿Y el 2010? Dios dirá.

@S. McCoy - 09/02/2009

Este fin de semana he llegado a una terrible conclusión: el nivel de estupefacción del ciudadano medio ante las notorias muestras de incapacidad de nuestros dirigentes ha tocado suelo. Sólo así se puede interpretar la ausencia completa de reacciones ante unas de las declaraciones más reveladoras que ha vertido un ministro en lo que va de crisis. Y mira que hay donde elegir. La actriz principal, la responsable de Administraciones Públicas, Elena Espinosa. El tema en cuestión, el Plan de actuaciones públicas a través de los Ayuntamientos. El escenario del crimen intelectual, como no podía ser de otra manera, el Parlamento. La cuantía en juego, ni más ni menos que ocho mil millones de euros.

 

El disparate, doble. Uno, el reconocimiento, se puede decir más alto pero no más claro, de que las medidas propuestas son solamente “pan para hoy”, esto es: carecen de continuidad futura, se agotan en sí mismas. Justo lo que la España de la ceja necesita. Frente a lo estructural, lo accidental. Que los grandes problemas se resuelven solos, como todo el mundo sabe. Eso sí, mientras vamos acabando poco a poco con nuestro margen fiscal de maniobra. Que no falte. Dos, frente a la laicidad propugnada desde el sector más progre del ejecutivo, un guiño a la Providencia, coincidiendo con la visita del Cardenal Bertone: “¿el 2010?, Dios dirá. Les voy a dar un consejo a nuestros gobernantes: visto lo visto, casi mejor que no le hagan hablar, no vaya a ser que salgamos aún peor parados. Que es fácil recordar lo de Al César y difícil aplicar el A Dios rogando. Es lo que tiene.

 

Sin embargo, el problema no es tanto la idoneidad o no en términos político-electorales de las palabras de la encargada de ese negociado, que es poca o ninguna y se ha visto tapada por los escándalos de corrupción que han salido como setas en la acera del PP, sino la dosis de verdad que las mismas encierran. Y no se puede negar que, desgraciadamente, van muy pero que muy bien encaminadas. Uno podría pensar que, después de la absurda iniciativa de los 400 euros, plasmación absurda del A consumir que tan alegremente proclamara nuestro presidente, empezaríamos a ver alguna iniciativa que superara el ámbito de lo inmediato para entrar en la necesaria reforma tanto del modelo económico-productivo de España, como de su estructura de estado. Pues bien, esta propuesta gubernamental prueba bien a las claras que no es así. Se buscan actuaciones de ámbito temporal limitado de la mano de unos actores sospechosos, como son las corporaciones locales, sin que se tenga la certeza de que cumplirán el fin para el que han sido pergeñadas. Miel sobre hojuelas.

 

Alguno se podrá llevar las manos a la cabeza con la afirmación que cierra el párrafo anterior. Es muy libre de hacerlo. Pero miren, les voy a decir un secreto a voces. Gran parte de los ayuntamientos de este país están en una situación económica extremadamente delicada. No pagan no porque no quieran, que puede que también, sino porque literalmente no pueden hacer frente casi ni a sus gastos corrientes. El estallido de la burbuja inmobiliaria ha tenido para ellos consecuencias dramáticas. Los ingresos derivados de la misma se han secado completamente, hasta el punto de que hay licencias concedidas que nadie recoge. Dado que la política local se contemplaba como el vivo al bollo, no ha habido administración de los recursos físicos disponibles y, más al contrario, han proliferado las actuaciones corruptas derivadas de la capacidad para enriquecer o arruinar a un paisano con un simple dedo arriba o abajo. Lo que asoma es la punta del iceberg. Pero la mínima parte de la mínima parte, vamos.

 

Por el contrario, la riqueza generada sirvió para que, más allá de sus tradicionales responsabilidades de limpieza, alumbrado, jardinería o seguridad, mucho ediles cayeran en la tentación de la megalomanía lo que permitió que proliferaran como churros, aun en los términos municipales más pequeños, auditorios, polideportivos, tanatorios y similares. Instalaciones todas ellas que ahora reclaman su cuota de personal, mantenimiento y conservación. Más gastos a añadir a la merma de los recursos. Eso por no hablar de esas ciudades fantasmas, que van a tardar muchos años en perder ese adjetivo calificativo, que requieren igualmente de los oportunos servicios públicos. Sé que el problema es mucho más amplio pero dejémoslo de momento aquí, que llegamos a la cuestión clave: frente a esto, ¿qué ha hecho nuestro gobierno? 

 

Confundir, de nuevo, la democracia con la demagogia. En lugar de utilizar criterios de generación de riqueza a largo plazo para la colectividad, medida en los términos que hemos señalado con anterioridad, a la hora de aprobar las actuaciones, ha preferido apostar por la mejora del bien estar, separémoslo para que quede claro, de los ciudadanos de modo indiscriminado a través de pequeñas obras en casi todo el territorio nacional. Y para ello no ha dudado en echarse en brazos de unos gestores probadamente ineficientes como son los municipios, instituciones en las que se delega, a su vez, la ejecución de los proyectos. Casi nada. Y todo ello a sabiendas de que la potencial generación de empleo que persigue es limitada en tiempo y cuantía y que, lo que de estable se puede derivar de él, está contaminado, precisamente, por la imposibilidad de los ayuntamientos para financiarlo. ¿Cómo lo ven? Buena semana a todos.

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Una nueva Hoguera de las Vanidades

Una nueva Hoguera de las Vanidades

@S. McCoy - 07/02/2009

Ha sido, sin duda, una de las historias de la semana. El auge y la caída de Boaz Weinstein, contada por el Wall Street Journal ayer. El trader estrella de Deutsche Bank, 35 años, maestro precoz de ajedrez, amante del póquer y del blackjack, abandona la entidad con el dudoso mérito de conseguir, “con algo de sentido común y unas pocas matemáticas”, una pérdida de 1.800 millones de dólares en apenas cuatro meses como consecuencia de unas apuestas erróneas en el mercado de crédito que los responsables del banco teutón le obligaron a cerrar de forma precipitada a fin de contener la hemorragia de minusvalías. Tras lograr con su actividad unos beneficios acumulados para la firma financiera de 1.500 millones entre 2006 y 2007, él y su equipo eran la envidia de la compañía. No en vano gestionaban 10.000 millones de dólares de recursos de la sociedad que el apalancamiento había convertido en cerca de 30.000. Tres veces su capitalización actual, seis billones de las antiguas pesetas. Una minucia que le permitía embolsarse una remuneración anual cercana a los 40 millones de dólares. Si nos atenemos a los que afirma el WSJ, raro raro, Weinstein habría abandonado la firma voluntariamente. Eso no es lo importante. Ha muerto con él un modo de hacer banca que no va a volver en mucho tiempo. De nuevo, las vanidades vuelven a ser presa del fuego. Justificadamente.

El origen del negocio bancario se encuentra en la intermediación. Algo que constituye la esencia de su actividad y que se ha mantenido invariable, con mayores o menores matices, con el paso del tiempo. Canalizar el ahorro a la inversión, a través de la custodia de la riqueza de los agentes económicos que la tienen y la financiación a aquellos otros que la necesitan. El mayor abanico de actuaciones asumido por las entidades financieras en los últimos años, encuentra precisamente su razón de ser en esa tarea primigenia: financiar a largo y financiarse a corto. De la relación de confianza con depositarios y deudores surge un espectro de oportunidades que justifican la evolución desde la pura banca comercial a la mayorista primero y de inversión después. Las figuras esenciales de ese modo de operar son, en términos de cuenta de resultados, el margen de intermediación, en sus distintos desarrollos, que no deja de ser el fee que gana la entidad por la diferencia entre lo que cobra y lo que paga, y las comisiones propiamente dichas, que se derivan de esa otra labor auxiliar. Desde ese punto de vista la relación entre activos y pasivos de los bancos deberían ser más o menos unitaria, ajustada anualmente por el impacto que sobre los recursos propios tengan los beneficios anuales y el crecimiento de los recursos de los clientes.

Sin embargo, la banca no fue ajena al enorme potencial de la materia prima con la que trabaja: el dinero. Una toma de conciencia que se tradujo en una serie de actuaciones que fueron el principio de un fin que estamos contemplando espantados ahora. Las posibilidades que ofrecía la originación frente a la intermediación o la operativa por cuenta propia frente a la ajena condujeron a que ambas áreas de actividad vivieran crecimientos exponenciales. El efecto fue inmediato: las rentabilidades se dispararon mientras que los niveles de riesgo se mantenían teóricamente controlados. Lo siguiente fue crear las artimañas contables necesarias para falsear el balance mediante el oportuno nacimiento de vehículos especiales a tal fin. La bola iba engordando. Poco importaba que la base sobre la que se sustentaba todo el chiringo se basara en una abundancia de liquidez que se había asumido perpetua, en una profundidad de todos los mercados, hasta los más ilíquidos, que nadie cuestionaba y en una disponibilidad de crédito que parecía no tener fin. Elementos todos ellos que se han probado falsos, no cómo dicen algunos por la materialización de eventos estadísticamente imposibles, sino como consecuencia de sus propios excesos. La creencia de que no había negocio mejor para el banco que poner sus recursos a disposición de un talento pagado a precio de oro. Talento como el de Weinstein.

Con Weinstein muere definitivamente una era. Lo reconoce en el artículo que les adjunto el propio Ackermann, presidente de Deustche Bank. Ha llegado la hora de volver a los comienzos de la industria, a la dura tarea de oscuro comisionista. Una marcha atrás que va a venir forzada no sólo por el curso de los acontecimientos o por la nueva sombra de regulación y supervisión que amenaza a los actores de este particular drama buscado que hoy les relato, sino también por la masiva presencia pública en sus equipos ejecutivos, autoridades que sólo entienden el negocio en su concepción original. El propio gesto de limitar la retribución a los directivos de las entidades intervenidas pone de manifiesto la intención de funcionarizar su actividad, al retirar todo incentivo adicional y provocar la fuga de los activos humanos más capaces. Como decía el otro día un antiguo presidente de una sucursal de banca de inversión, “ya no hay coste de oportunidad de no trabajar en este sector”. Visto lo visto, lo mismo hay que decir: bienvenido sea. No esperen nada del sector en los próximos años. Esta vez el fuego, tardará muchos años en extinguirse.

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Otra consecuencia positiva de esta crisis

Otra consecuencia positiva de esta crisis

@S. McCoy - 05/02/2009

Si uno se empeña en mirar el lado alegre de la vida, como hacían los irreverentes Monty Python en La Vida de Brian, ¿o habría que decir Bgraian?, siempre encuentra aristas positivas a las que aferrarse en momentos de dificultades como las que estamos viviendo. Y creo que una de las buenas noticias que va a traer consigo la coyuntura actual es un cambio sustancial en la mentalidad de los gestores de las compañías cotizadas. Van a dejar de gestionar sus empresas para la acción y lo van a empezar a hacer para el accionista, cosas que no significan exactamente lo mismo, como a continuación explicaré. Un cambio del que todos saldremos, sin duda alguna, beneficiados. A ver si es verdad.

Hagamos una previa. Una de las máximas fundamentales en el funcionamiento de los mercados financieros es la consideración de los mismos tanto más eficientes cuanto mayor es la transparencia de la que disfrutan, entre otras características. La transparencia, a su vez, se mide tanto en términos de claridad de las normas de funcionamiento del propio mercado, sobre todo por lo que respecta a la fijación de los precios de intercambio, como en razón de la rapidez y alcance con la que se difunde la información relativa a los activos que se negocian en el mismo, siendo ésta, quizás, la acepción más extendida. Pues bien, es en aras de una mayor eficiencia que los supervisores obligan a las firmas negociadas a informar trimestralmente de su evolución operativa y financiera, debiendo comunicar públicamente cualquier desviación a la baja que se pudiera producir respecto a lo previamente anunciado, así como cualesquiera otros acontecimientos que afecten a su cotización. Pedazo de dosis de cultura general, oiga.

Sin embargo, se ha producido en los últimos años un proceso de deterioro de esta intención primigenia que ha terminado por producir exactamente lo contrario a lo que se pretendía. Una pérdida de su sentido original que, seguro, tiene muchos y muy distintos padres: la globalización de los mercados financieros y el mayor flujo de fondos; la popularización de la inversión en acciones y el aumento en la cobertura de valores individuales; la aparición de nuevos actores muy de corto plazo como los hedge funds; la avidez compradora del private equity… Todos ellos elementos de presión que convergen sobre un equipo gestor obligado a no despistarse en el corto plazo. Con un agravante adicional: a su vez, muchos de los directivos tienen gran parte de su remuneración variable ligada, ya sea a través de participaciones directas en el capital, opciones sobre acciones o bonos en especie, no a resultados o ratios ciertos derivados de su actividad cotidiana, sino al modo en el que la cotización refleja dichos datos. Es indudable que a la mayor exigencia de los actores del mercado se une el propio interés de los ejecutivos por mantener viva la llama que calienta su hogar.

La tentación, como se pueden imaginar, era demasiado fuerte como para no caer en ella. Y cayeron. Los gestores comenzaron a administrar los negocios pensando más en lo inmediato que en el medio y largo plazo. Aunque no podían controlar todas las variables, al menos podían influir en la que directamente les afectaba. Se dejó de trabajar para el accionista y la diligencia debida se sustituyó por el cuidado de la acción. Importaba más el continente que el contenido. Así, con el paso del tiempo se produjo una completa desnaturalización del concepto de creación de valor que, al menos como servidor lo entiende, es aquél que viene para quedarse. No se trata de una visita, de paso por la firma, que ahora está y mañana no. No sé si están de acuerdo. Con la aquiescencia del mercado, la gestión pasó de operativa a financiera y el lugar de actuación de muchos dirigentes empresariales fue el balance por encima de la cuenta de resultados. Ya ven en qué has quedado esas prisas.

Obviamente la generalización implícita en este artículo no es ni mucho menos correcta aunque cabría decir, como en el caso de la Magdalena, que quien esté libre de pecado… pues eso. Se pueden cargar las tintas contra los banqueros de inversión pero el cortoplacismo ha sido un cáncer mucho más extendido de lo que pudiera parecer. Sin embargo, y volviendo al arranque de esta pieza, lo realmente relevante es que esta crisis va a ayudar a poner las cosas en su sitio. No sólo se va a producir una racionalización de la industria de las inversiones en la que volverá a primar lo esencial del negocio frente al folclore que lo ha acompañado estos años, consecuencia de la desaparición del crédito irracional y los distintos vehículos en los que el mismo se estructuraba, sino que igualmente veremos una vinculación distinta de la compensación de los equipos directivos a la actuación de las sociedades que dirigen. No podremos escapar del escrutinio trimestral de las bolsas. Pero al menos volveremos a sentar las reglas del juego que justifican esa necesaria transparencia y/o eficiencia. O no. El sábado más y seguro que mejor.

Ya es jueves.

Alimento para el Alma. Una doble recomendación con la que termino enero, mes en el que el contador se ha quedado en 7. Les recuerdo que el reto es 50 lecturas en 2009. Me encantaron, como saben, Seda de Alessandro Baricco y El Señor Pip de Lloyd Jones. Un escalón por debajo se encuentra El Informe de Brodeck, de un autor muy interesante: Philippe Claudel. Una novela que empieza demasiado florida pero termina enganchando. A Brodeck, el personake principal, le encargan una historia que le sirve para descubrir su Historia, donde los verdaderos campos de concentración no son los que parecen y donde la verdad conduce finalmente a la libertad. Entretenidas la comentada La Dulce Envenenadora de Arto Paasilinna y Mariposas para los Muertos de Diane Wei Liang, segunda novela políciaca de la autora con la detective Mei Wang de protagonista. Demasiado predecible, a mi gusto, para el género que desarrolla pero se deja leer con fluidez y, sobre todo, describe una China real que es como para salir corriendo. Un poco femenina de más la prescindible, en mi modesta opinión, El Regreso de un Soldado de Rebecca West, muy orientada a la psicología de las tres protagonistas. No les digo la última porque haría un juicio demoledor y es recomendación de un amigo. Ustedes me perdonen.

Alimento para el Cuerpo. Debía una invitación a mi amigo Alfonso en La Romana, calle La Laguna (Carabanchel-Madrid) y acude de la mano del Padre Laboa lo que garantiza una velada más que agradable. Jesús y Pili vuelven a bordarlo. Queso curado sobre pellejo de vino, Cecina de Leon y Croquetas de boletus y calamar deshidratado de entrantes sobre salmorejo de garbanzos; luego un Tartar de Atún con huevas de pez volador al que cabría reprocharle que llega un pelín frío de más a la mesa; Habas con Huevo y Trufa Blanca, la última de la temporada, sencillamente deliciosas, con la verdura durita como debe ser; Ravioli casero relleno de morro sobre caldo de gallina y garbanzos espectacular y, por último, Callos con Trufa Negra que cumplen con los cánones clásicos. Todo en pequeñas dosis y rematado con un Helado de Crema Tostada sobre gelatina de gengibre de llorar. Sigue siendo un must. Correcto sin más, Naveira do Mar, Santa Juliana en Tetuán, donde tomo una empanada y un pulpo de los más ricos de Madrid pero que me ofrece un rodaballo correcto sin más. Ir a una marisquería y no pedir marisco es lo que tiene. Por último, acudo en días consecutivos a Astrid y Gastónen La Castellana, el peruano de moda. No le cojo el truco, la verdad. Recorrí su larguísimo menú degustación y, salvo el ají de gallina y el anticucho de pulpo, realmente buenos no recuerdo nada más que me llamara especialmente la atención. Definitivamente, estoy perdiendo facultades. Seguro.

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s2t2 -El mito de Keynes

El mito de Keynes

Por Manuel F. Ayau Cordón

John Maynard Keynes.
El famoso economista inglés John Maynard Keynes, promotor del notorio FMI y de políticas monetarias inflacionarias, en una ocasión dictó una conferencia en Harvard. En la presentación, John Kenneth Galbraith con orgullo dijo haber sido el primer keynesiano en América. Pero Keynes comentó después que él mismo no erakeynesiano, sino que sus discípulos solían exagerar sus teorías hasta extremos que no compartía.
La teoría que comúnmente se conoce como esencia del keynesianismo dice que cuando el gobierno aumenta el circulante a través del gasto estatal deficitario, con dinero nuevo y sin respaldo, aumenta la demanda de todo y la economía se ve estimulada. Parece muy simple. Muchos la creyeron, y así comenzó la universalización de la inflación como herramienta de progreso. Pero después de tantos desastres inflacionarios se aprendió que incrementar el dinero en circulación sin que aumente la producción no solamente hace subir los precios y los costos, sino que –peor aún– se distorsiona la asignación de recursos.
 
El poder adquisitivo representado por el dinero nuevo beneficia a quienes primero lo reciben, porque logran gastarlo antes de que su efecto se refleje en los precios. A quienes llega más tarde, cuando lo gastan se dan cuenta de que los precios subieron. El poder adquisitivo que logra el gobierno es a costillas de ahorradores y pensionistas y tiene por consecuencia la pérdida de poder adquisitivo de todos. Es decir, que se trata, más bien, de un cruel y deshonesto impuesto.

La falacia keynesiana fue expuesta –antes de que Keynes naciera– por el economista J. B. Say, de quien los keynesianos siempre se han burlado. Muchos economistas serios se opusieron al keynesianismo, pero casi nadie les hacía caso. Hoy, nuevamente están saliendo los keynesianos del clóset para ofrecer soluciones frente a la supuesta "crisis del capitalismo".

La llamada Ley de Say es de sentido común y una verdad evidente: todos compramos (demandamos) lo que queremos con lo que producimos. El dinero sólo sirve para que el intercambio no se base en el trueque. Es decir, aportamos los bienes o servicios que producimos a cambio de dinero, y con ese dinero compramos. Nuestro poder adquisitivo sigue siendo el valor de mercado de nuestro aporte a lo que otros desean.

Siendo ese principio tan obvio y de tan fácil comprensión, cuesta entender cómo se extendió el error. Las modas académicas a menudo no tienen sustento lógico, pero quien no las aplaude no escala en su profesión. Al keynesianismo se le bautizó como "economía de la demanda", bajo la ridícula creencia de que es el dinero lo que crea la demanda y no lo que se produce para poder obtener lo que uno necesita. La Ley de Say fue bautizada "economía de la oferta", y los keynesianos resucitados la 
acusan de haber fracasado; lo mismo dicen del mercado.

Una cosa debería ser evidente: la única riqueza de la que pueden disfrutar los pueblos es la que producen e intercambian. Cada quién crea demanda al gastar el dinero que recibió a cambio de lo que produjo; en consecuencia, solamente incrementando la producción se logra que aumente la demanda real. La expansión monetaria keynesiana no hace subir la producción, sino los precios, y las distorsiones que provoca más bien hacen que aquélla disminuya.

© AIPE

MANUEL F. AYAU CORDÓN, rector emérito de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala).

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LA ECONOMÍA DEL FRAUDE INOCENTE

El epitafio intelectual de Galbraith

Por Juan Ramón Rallo

John Kenneth Galbraith.
John Kenneth Galbraith es la prueba viviente del absoluto fracaso intelectual que han experimentado los keynesianos en este siglo. Fracaso intelectual que, no obstante, no se ha correspondido con una equivalente pérdida de prestigio ni influencia política. El último libro de Galbraith, La economía del fraude inocente, puede considerarse, en palabras del autor, su “testamento intelectual”. En poco más de 100 páginas el autor compila los conocimientos económicos que le han caracterizado durante toda su vida. En poco más de 100 páginas encontramos una maraña caótica de pensamientos confusos, ideas banales y relaciones infantiles.
De hecho, incluso el propio Galbraith reconoce en la introducción que ha sido incapaz de explicar los acontecimientos de este siglo: “Uno tiene que aceptar la continua divergencia entre las creencias aprobadas y la realidad”. En otras palabras, Galbraith no ha sido capaz de explicar la realidad con una teoría sólida, y por ello propugna fijarse exclusivamente en lo que él considera una realidad objetiva. Lástima que la realidad adquiera su forma una vez la hayamos interpretado a partir de una teoría previa. La estratagema de Galbraith consiste en exponer unos “hechos” probados e irrefutables que no son más que pésimas explicaciones ideologizadas del mundo que nos rodea.
 
Tal extremo podemos observarlo con meridiana claridad en algunas frases del autor: “Lo que predomina en la vida real no es la realidad”. La vida real no es la realidad, A no es A. Confundir la realidad con la interpretación que uno hace de ella demuestra escasa honestidad. La realidad siempre necesita ser interpretada previamente; si no reconocemos este hecho nos topamos con tonterías como eso de que la realidad no es real.
 
En todo caso, semejante confesión nos sirve para constatar que la ciencia económica keynesiana se ha visto completamente sorprendida por acontecimientos que no fue capaz de prever. Se trata de un legado en el que, implícitamente, se reconoce el fin del keynesianismo y del institucionalismo como sistemas teóricos válidos. Más que “testamento intelectual” Galbraith debería haberlo denominado “epitafio intelectual”.
 
Epitafio en el que Galbraith reproduce sus más consabidas y recurrentes chanzas demagógicas. Hace unos 40 años el genial economista Murray Rothbard lo describió[1] como “la sonrisa sardónica”, debido a un estilo argumentativo que se basaba fundamentalmente en dos pilares: a) reducir al absurdo la argumentación para no necesitar refutación ni confirmación alguna y b) imputar a sus enemigos intereses económicos en la defensa de sus teorías.
 
Esta última táctica, que recuerda al polilogismo clasista de Marx, es la que se extiende por todo el libro. Ya desde un principio nos asegura que la teoría económica conveniente es aquella “que resulta útil a los intereses económicos, políticos y sociales dominantes”. De hecho, elfraude inocente del título hace referencia al inconsciente autoconvencimiento de los estratos dominantes para adoptar una teoría económica que vaya en su provecho.
 
Nos encontramos ante ataques ad hominem de baja estofa. Siguiendo esta argumentación, deberíamos preguntarle a Galbraith (máxime después de que él mismo reconozca que durante casi toda su vida ha estado trabajando para el Gobierno) cuáles son los intereses económicos por los que se mueve su teoría intervencionista. ¿Es que acaso Galbraith es la excepción a su propio razonamiento? Supongo que así lo creerá.
 
En el libro se postula la existencia de algo más de quince fraudes en la teoría económica vigente. Espero en otra ocasión desmenuzar uno a uno esos mal llamados ‘fraudes’ (que sólo parten de una completa ignorancia por parte del autor de los fenómenos sociales); baste ahora poner de relieve la contradicción del núcleo duro de la argumentación del autor a través de lo que él mismo considera los mayores fraudes inocentes de la historia.
 
La ocurrencia teórica por la que Galbraith ha alcanzado mayor fama ha sido la negación de la soberanía del consumidor, al considerar que la publicidad es capaz de generar coactivamente la demanda de los productos. Las personas no demandan aquello que quieren, sino aquello que los empresarios les dicen que quieran. En palabras del propio autor: “La creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época. La verdad es que nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta”.
 
Galbraith no ofrece ninguna evidencia de que la publicidad sea capaz de controlar los destinos de los consumidores –hasta el punto de convertirlos en siervos de los empresarios–. Es más, por esta regla de tres no entiendo por qué los capitalistas producen bienes y servicios, si lo tendrían más sencillo con convencer mediante la publicidad de que les entregaran su dinero.
 
Tampoco queda del todo claro porqué los empresarios se esfuerzan por ofrecer productos más baratos y de mejor calidad, cuando, simplemente, deberían seguir bombardeando con anuncios. Ni, por supuesto, se explica cómo Galbraith es capaz de resistir esa manipulación consumista. Supongo que tendrá algún componente de superhombre.
 
Por otro lado, Galbraith se ha destacado como un convencido keynesiano en la cuestión de los ciclos económicos. El Estado, en definitiva, tiene que participar en la economía porque el capitalismo, por sí solo, no es capaz de sobrevivir. Keynes aseguraba que la economía, como en el crack del 29, experimentaba regulares crisis porque se caía en una sobreproducción de mercancías, lo cual reducía los beneficios de las empresas, que debían despedir a parte de sus trabajadores, lo cual a su vez deprimía aún más el consumo y volvía a reducir los beneficios. En principio, este círculo vicioso tendría escasa solución sin la imprescindible intervención del Estado, a través, fundamentalmente, de estímulos consumistas por medio de un mayor gasto público.
 
Galbraith desconoce, como no podría ser de otra forma, que la causa principal del ciclo económico son los Bancos Centrales y sus expansiones de la oferta monetaria. Quizá por ello diga que la manipulación del tipo de interés por parte de la Reserva Federal no tiene “ningún efecto económico”. En cualquier caso, no interesa ahora refutar la teoría keynesiana del ciclo económico, sino poner de manifiesto las propias contradicciones del modelo teórico de Galbraith.
 
Y es que, para justificar que las variaciones del tipo de interés son irrelevantes, llega a afirmar lo siguiente: “La creencia de que algo tan complejo, tan diverso, tan importante para las personas como el uso del dinero puede ser guiado por las decisiones, meditadas pero nunca incómodas, (…) que emanan de un elegante edificio (…) no se refiere al mundo real, sino al de la esperanza y la imaginación”.
 
Este párrafo puede aplicarse perfectamente como refutación a su teoría de que el consumo puede ser dirigido a través de las campañas publicitarias orquestadas en la sede central de una empresa.
 
Es más, su explicación del ciclo económico a través de la sobreproducción resulta incompatible con su teoría de la manipulación publicitaria. ¿Cómo puede existir sobreproducción (o subconsumo), si las empresas son capaces de obligar a los individuos a que consuman? ¿Para qué, aun aceptando a efectos dialécticos su teoría del ciclo, sería necesaria la intervención del Estado, si los empresarios sólo deberían invertir un poco más en publicidad para recuperarse de la crisis?
 
Casualmente, Galbraith, con su teoría de la publicidad, resucita la mala interpretación de la Ley de Say que el propio Keynes creyó refutar: esto es, que “la oferta genera su propia demanda”. Con sus historietas acerca de las supercorporaciones que dominan el mundo, Galbraith ha enterrado a Keynes, sustituyéndolo por una teoría aún peor y menos consistente. La justificación de que el Estado debe intervenir porque sí.
 
A la luz de todo esto, de sus incoherencias internas y de su ignorancia, genera cierta estupefacción que en el propio libro se le califique como “uno de los mayores economistas del s. XX”.
 
Esta obra representa la bancarrota intelectual del autor, la consagración de sus contracciones y de su fe estatalista, el legado del vacío. Lo único realmente preocupante es que las naderías del autor sigan conduciendo las ideas de millones de activistas de izquierdas y de los políticos socialistas de todos los partidos. Unas ideas que reducen la libertad incrementando el poder y el grado de coacción del Estado. Y esto, en palabras del propio Galbraith, es “un fraude no del todo inocente”. 
 
 
John Kenneth Galbraith, La economía del fraude inocente: La verdad de nuestro tiempo, Barcelona, Crítica, 2004, 119 páginas.


[1] ‘Professor Galbraith and the Sin of Affluence’, en el capítulo 12 de su  Man, Economy & State.
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